“No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír”

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Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. "No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta". Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. "Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo".

Luto del periodismo libre e independiente

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No odio tanto a los asesinos islámicos cuanto a los estúpidos políticos europeos que han tolerado llegar a esto

Nadie en Europa quiere afrontar que es una guerra. Es una guerra. Que se gana o se pierde. Ninguna guerra acaba en tablas. Europa, de momento, pierde. El islam gana. Porque Europa prefiere dejarse matar a dar batalla. Tal vez, sencillamente, Europa ha muerto. Murió hace mucho. Y los soldados de Alá se limitan a dar tiros de gracia. A quemarropa.

El israelí presenta 'Mi tierra prometida', un libro honesto sobre el drama de su país

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Mi tierra prometida (Debate) es un libro de amor y de dolor. De amor a Israel y de dolor por la tragedia que encarna. Ari Shavit, su autor, de 57 años, trata de conocer a un pueblo, el suyo, que para sobrevivir ha aplastado a otro; gente que vino de la muerte y, rodeada de muerte, fue capaz de montar “un fenomenal espectáculo de vida”; una nación con miedo sin un futuro seguro.